Mae: cuando una palabra cambia de significado

Cuando aprendemos una palabra nueva en español, normalmente queremos saber qué significa. Buscamos una traducción, una definición o algún sinónimo y tratamos de asociarla con una idea concreta.

Pero las palabras no siempre funcionan de una manera tan simple.

Una misma palabra puede cambiar de significado según el país, el momento histórico, la persona que la usa e incluso la relación que existe entre quienes están hablando.

Mae, una de las palabras más características del español de Costa Rica, es un buen ejemplo.

Hoy se puede escuchar:

Mae, ¿cómo estás?

Pero también:

Ese mae trabaja conmigo.

Y aunque sea la misma palabra, no está funcionando exactamente de la misma manera.

¿Cómo puede una palabra servir para hablar de una persona y, al mismo tiempo, para dirigirse a un amigo? Para entenderlo tenemos que conocer un poco de su historia.

Una palabra que viajó

Antes de mae existía maje.

Según un estudio publicado por la Universidad de Costa Rica, la palabra maje llegó al español costarricense desde México. El cine mexicano, que tuvo una enorme influencia en América Latina durante buena parte del siglo XX, habría sido uno de los medios que ayudaron a difundirla.

Pero el significado que tenía originalmente no era precisamente amistoso.

En México y en varios países de Centroamérica, maje se utilizó principalmente para hablar de una persona considerada tonta, ingenua o fácil de engañar. Ese significado también existió en Costa Rica.

Los primeros registros costarricenses de la palabra, de las décadas de 1950 y 1960, la relacionan incluso con el habla del hampa, es decir, grupos de delincuentes o maleantes que compartían también determinadas costumbres y formas de hablar.

Un maje era alguien que estaba fuera de ese grupo, una persona que podía ser vista como ingenua o fácil de engañar.

Hasta aquí, entonces:

maje = tonto / ingenuo

Pero esa equivalencia solamente nos sirve para ese momento y para ese contexto.

Porque las palabras cambian cuando las personas empiezan a usarlas de otra manera.


De “tonto” a “amigo”

Décadas después ocurrió algo interesante.

En 1985 ya se documenta en Costa Rica el uso de maje entre hombres jóvenes para llamarse unos a otros:

Maje, ¿todo bien?

En ese contexto, maje ya no significa necesariamente tonto. Puede significar algo parecido a tipo, muchacho o simplemente funcionar como una forma informal de dirigirse a otra persona.

La palabra es la misma. Lo que cambió es la situación en la que se usa y, con ella, su función.

Y con el tiempo aparece también una transformación en la pronunciación:

maje → mae

La variante mae está documentada desde 1991 y terminó extendiéndose ampliamente en Costa Rica. Actualmente puede utilizarse para referirse a una persona cuyo nombre no conocemos o no queremos mencionar, pero también para hablar directamente con alguien.

Por ejemplo:

Ese mae vive cerca de mi casa.

Aquí mae puede equivaler aproximadamente a tipo o persona.

Pero:

Mae, vení un momento.

Aquí estamos usando la palabra para llamar la atención de nuestro interlocutor.

Y hay algo todavía más interesante: el antiguo significado no desapareció completamente. Expresiones como hacerse el maje o hacerse el mae conservan la idea de hacerse el tonto, fingir que uno no entiende o no darse por aludido.

Una misma palabra conserva, entonces, diferentes capas de su historia.

Y el hablante no necesita detenerse a pensar cuál de todos esos significados está usando. La situación normalmente se lo indica.


El significado no está solamente en la palabra

Esto plantea una situación interesante para quien aprende español.

Si alguien aprende que:

mae = tipo

podría pensar que ya conoce la palabra.

Pero, claro, no es suficiente.

Comparemos:

Ese mae no vino hoy.

Mae, ¿querés venir conmigo?

¡No seas mae!

Las tres frases contienen la misma palabra, pero para comprenderlas necesitamos algo más que una traducción.

Necesitamos observar el contexto, el tono y la relación entre los hablantes.

Esta es una parte fundamental del aprendizaje de un idioma. Cuando hablamos, las palabras no aparecen aisladas. Aparecen dentro de una situación concreta.

Quién habla.

Con quién habla.

Dónde está.

Qué relación tiene con la otra persona.

Qué ocurrió antes.

Qué intención tiene.

El tono con el que lo dice.

Todo eso participa también en la construcción del significado.

Podríamos pensar que aprender de esta manera es mucho más difícil. ¿Tenemos que hacernos todas estas preguntas cada vez que escuchamos una palabra?

En realidad, no.

Cuando estamos hablando con alguien o escuchando una conversación, estamos constantemente escaneando la situación. Observamos quién habla, qué está pasando, cómo responde la otra persona, qué tono utilizan. Muchas veces lo hacemos sin darnos cuenta.

Y vamos conectando las palabras con toda esa información.

Por eso podemos escuchar una palabra que nunca habíamos oído y, aun así, tener una idea bastante aproximada de lo que significa.

El contexto nos ayuda a construir esa hipótesis.


Aprender una palabra dentro de una conversación

Esto también explica por qué trabajar el español hablando y usando la lengua en situaciones comunicativas tiene un valor especial.

La lengua no existe solamente como una lista de palabras o un conjunto de reglas. Existe cuando alguien la usa para hacer algo: contar una historia, pedir ayuda, explicar una idea, reaccionar, bromear, estar en desacuerdo o simplemente conversar.

Pensemos, por ejemplo, en una corrección.

Un estudiante está contando algo y dice una frase de una determinada manera. Su interlocutor lo corrige o le propone otra forma de decirlo.

Esa corrección no llega sola.

Llega junto con la historia que estaba contando, la intención que tenía, la reacción de la otra persona y el momento concreto de la conversación.

La nueva expresión queda conectada con toda esa información.

Por eso una corrección que ocurre dentro de una conversación puede tener un impacto diferente de una corrección aislada en un ejercicio, en una hoja o en una aplicación.

No significa que los ejercicios no sean útiles. Lo son.

Pero la conversación agrega algo que un ejercicio aislado difícilmente puede reproducir por completo: una circunstancia comunicativa real.

Y esa circunstancia también nos ayuda a comprender y recordar el significado.

Ahora bien, volvamos a nuestra palabra.


¿Existe un “mae” en otros países?

No exactamente.

Pero en distintas regiones del mundo hispanohablante encontramos palabras que pueden cumplir funciones conversacionales parecidas.

En México, por ejemplo, es muy frecuente güey —también escrito informalmente wey—:

Güey, ¿qué estás haciendo?

Puede utilizarse entre amigos, para llamar la atención de otra persona o simplemente para referirse a alguien.

Pero también puede tener un sentido negativo:

¡No seas güey!

Algo parecido ocurre en Chile con weón o huevón:

Oye, weón, vení.

Entre amigos puede funcionar como una forma cotidiana de dirigirse al otro.

Pero:

¡Qué weón!

puede convertirse fácilmente en una descalificación.

En Argentina encontramos boludo.

La palabra puede ser un insulto:

¡Qué boludo!

Pero entre amigos puede funcionar simplemente como una forma de iniciar una conversación:

Boludo, no sabés lo que me pasó.

En los tres casos aparece un fenómeno parecido al que vimos con mae: conocer la definición de la palabra no alcanza para saber qué está comunicando una persona cuando la usa.


La relación entre los hablantes cambia la palabra

Imaginemos que escuchamos:

Boludo, vení a ver esto.

Si dos amigos están riéndose y uno llama al otro de esa manera, probablemente no haya ningún insulto.

Ahora imaginemos la misma palabra durante una discusión:

¡Sos un boludo!

La palabra no cambió.

Cambió la interacción.

La relación entre los hablantes, el tono, la intención y lo que estaba ocurriendo en ese momento modifican completamente la manera en que interpretamos el mensaje.

Lo mismo puede suceder con güey en México o weón en Chile.

Por eso son ejemplos particularmente interesantes para quien aprende español: muestran con mucha claridad que el significado no está encerrado dentro de una palabra esperando que lo encontremos en un diccionario.

Se construye también cuando esa palabra entra en una conversación.


Diferentes países, funciones parecidas

Hay otras palabras que no tienen necesariamente esa misma combinación entre uso amistoso e insulto, pero que cumplen una función conversacional parecida a mae cuando nos dirigimos informalmente a otra persona.

En España podemos escuchar tío o tía:

Tío, ¿qué estás haciendo?

Evidentemente no estamos hablando del hermano de nuestro padre o nuestra madre. En este contexto, tío funciona como una forma informal de dirigirse a alguien.

En Colombia podemos escuchar parce o parcero:

Parce, ¿vamos a tomar algo?

En Venezuela y también en Ecuador es habitual pana:

Pana, ¿cómo estás?

En Perú aparecen formas como causa o pata:

Habla, causa.

En Paraguay podemos encontrar kape:

¿Qué hacés, kape?

En Uruguay, bo puede servir para llamar la atención del interlocutor:

Bo, vení un segundo.

Y en República Dominicana aparece manín como una forma coloquial y cercana de dirigirse a otra persona.

No todas estas palabras significan exactamente lo mismo y tampoco tienen el mismo registro. Algunas pueden usarse en más situaciones que otras, algunas pertenecen especialmente al habla juvenil y otras tienen una fuerte identidad regional.

Pero todas muestran algo interesante: las distintas variedades del español desarrollan sus propias maneras de construir cercanía entre los hablantes.

Podemos comparar, por ejemplo:

Costa Rica: Mae, ¿qué hacemos hoy?
México: Güey, ¿qué hacemos hoy?
Chile: Weón, ¿qué hacemos hoy?
Argentina: Boludo, ¿qué hacemos hoy?
España: Tío, ¿qué hacemos hoy?
Colombia: Parce, ¿qué hacemos hoy?
Venezuela: Pana, ¿qué hacemos hoy?
Uruguay: Bo, ¿qué hacemos hoy?

En todas estas frases hay una función parecida: dirigirse informalmente al interlocutor y establecer o reforzar cierta cercanía.

Pero esto no significa que las palabras sean intercambiables.


Parecidas no significa iguales

Después de ver todos estos ejemplos podríamos sentir la tentación de aprender:

mae = güey = weón = boludo = tío = parce = pana

Pero justamente eso iría en contra de lo que venimos diciendo.

Las palabras pueden ocupar un lugar parecido dentro de una conversación sin tener exactamente el mismo significado, el mismo registro ni las mismas connotaciones.

Un argentino puede utilizar boludo naturalmente con un amigo porque conoce perfectamente qué relaciones, tonos y situaciones permiten usar esa palabra.

Un estudiante de español que simplemente aprendió que boludo significa amigo no necesariamente tiene esa información.

Y ahí aparece una diferencia importante entre entender una palabra y saber usarla.

Podemos reconocer perfectamente qué quiere decir alguien cuando dice güey, weón o boludo sin sentir que tenemos que incorporar inmediatamente esas palabras a nuestro propio español.

Primero aprendemos a interpretarlas.

Después, con suficiente exposición y comprensión del contexto, podemos decidir si forman parte del español que queremos usar.

Lo que comparten estas palabras no es necesariamente su definición sino, en determinados contextos, su función.

Y esto es importante porque cuando escuchamos una conversación real o participamos en ella no escuchamos un significado literal o puro de las palabras —si es que algo así existe—.

Escuchamos las palabras funcionando dentro de una situación específica.


Aprender español también es aprender a interpretar

Cuando empezamos a estudiar español necesitamos traducciones y definiciones. Son necesarias para empezar a construir nuestro vocabulario.

Pero a medida que avanzamos necesitamos desarrollar otra habilidad: interpretar las palabras dentro de una situación.

Por eso, cuando encontramos una expresión nueva, puede ser útil no preguntarnos solamente:

¿Qué significa?

También podemos pensar:

¿Quién la dice?
¿A quién se la dice?
¿En qué país?
¿En qué situación?
¿Qué relación tienen esas personas?
¿Suena amistosa, neutral, irónica o agresiva?

No tenemos que responder conscientemente todas estas preguntas cada vez que escuchamos español.

El objetivo es otro: exponernos suficientemente a la lengua para que, poco a poco, empecemos a reconocer esas señales de manera natural.

La historia de mae nos muestra muy bien por qué.

Una palabra que alguna vez estuvo asociada con la idea de una persona tonta terminó convirtiéndose en una de las formas más reconocibles del español cotidiano de Costa Rica.

Las palabras viajan.

Cambian de país.

Cambian de grupo.

Cambian de generación.

Cambian de pronunciación.

Y cambian de significado porque las personas empiezan a utilizarlas para hacer cosas diferentes.

Cuando aprendemos a reconocer esos cambios, empezamos a entender algo más que vocabulario.

Empezamos a entender cómo hablan realmente las personas.


Seguimos conversando

Este fue uno de los temas que trabajamos recientemente en el Club de Conversación: partir de una palabra, explorar su historia y, sobre todo, observar cómo cambia cuando aparece en una conversación real.

Cada sesión propone un tema diferente para hablar, descubrir nuevas formas de expresarse y seguir desarrollando la capacidad de interpretar el español dentro de su contexto.

Las sesiones de septiembre ya están abiertas.

Ya se pueden consultar los próximos temas y reservar las sesiones para seguir practicando español a través de la conversación.

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