Las brujas de Zugarramurdi: cuando el rumor se convirtió en realidad

Cuando escuchamos la palabra bruja, probablemente pensamos en una mujer con poderes mágicos, una escoba, hechizos y quizá un gato negro. Es una imagen que conocemos desde niños y que aparece constantemente en cuentos, películas y leyendas.

Pero hubo un tiempo en el que creer en las brujas no era simplemente creer en personajes de ficción. Una acusación de brujería podía tener consecuencias muy reales.

Eso fue lo que ocurrió a principios del siglo XVII en una pequeña zona del norte de España.

La historia es interesante no solo por las brujas. También lo es por algo que seguimos haciendo cuatro siglos después: escuchar un rumor, repetirlo, modificarlo y, finalmente, empezar a tratarlo como si fuera un hecho.

Un pueblo rodeado de historias

Zugarramurdi es un pequeño pueblo de Navarra, en el norte de España, muy cerca de la frontera con Francia.

El paisaje ayuda a entender por qué este lugar está rodeado de historias. Hay montañas, bosques y una enorme cueva atravesada por un arroyo. Hoy es uno de los lugares más conocidos de Navarra relacionados con la brujería.

Pero una cosa es la historia y otra, la leyenda.

Durante siglos, en esta región convivieron creencias cristianas con tradiciones y relatos mucho más antiguos. En la mitología vasca encontramos personajes como Mari, relacionada con la naturaleza y los fenómenos atmosféricos, o Basajaun, una especie de señor de los bosques y protector de los rebaños.

Es difícil saber qué prácticas realizaban realmente las personas que vivían allí hace cuatrocientos años. Es posible que algunas tradiciones locales fueran interpretadas desde fuera de una manera completamente diferente.

Y cuando no sabemos exactamente qué ocurrió, aparece un terreno perfecto para las suposiciones.

Suponer significa considerar que algo es cierto aunque no tengamos la seguridad de que realmente lo sea.

Y una suposición repetida muchas veces puede convertirse fácilmente en un rumor.


De un prado a un aquelarre

Hay una palabra española que quedó para siempre asociada con esta historia: aquelarre.

La palabra procede del euskera y tradicionalmente se relaciona con aker, «macho cabrío», y larre, «prado». De ahí, «prado del macho cabrío».

Con el tiempo, aquelarre pasó a utilizarse para hablar de una reunión de brujas y brujos en la que, según las creencias de la época, se realizaban rituales relacionados con el demonio.

Y aquí aparece una expresión muy importante: según las creencias de la época.

Decir que algo ocurrió y decir que, según alguien, algo ocurrió no es exactamente lo mismo.

Podemos afirmar:

Las brujas volaban hasta sus reuniones.

Pero también podemos decir:

Algunos testigos afirmaban que las brujas volaban hasta sus reuniones.

La información parece similar, pero nuestra posición como hablantes ha cambiado completamente. En el segundo caso no presentamos la información como un hecho: indicamos de dónde viene.

Esta diferencia va a ser fundamental en la historia de Zugarramurdi.


Cuando empiezan los rumores

A principios del siglo XVII comenzaron a circular historias sobre supuestas reuniones de brujas en la región.

Una persona acusaba a otra. Alguien decía haber visto algo extraño. Otra persona confesaba haber participado en reuniones. Aparecían nuevos nombres. Los vecinos empezaban a hablar.

Y el rumor crecía.

Acusar a alguien significa afirmar que esa persona ha hecho algo malo o ilegal. Pero una acusación no es necesariamente una prueba.

Sin embargo, cuando muchas personas cuentan historias parecidas, podemos tener la sensación de que algo debe ser cierto.

«Lo dice todo el mundo.»

«A mí también me lo contaron.»

«Dicen que se reúnen por la noche.»

«Un vecino asegura haberlas visto.»

«Se comenta que practican rituales.»

Todas estas expresiones tienen algo en común: nos permiten transmitir información sin afirmar directamente que sea verdadera.

El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre lo que sabemos y lo que simplemente hemos oído.


De los rumores a las acusaciones

La situación llegó hasta el Tribunal de la Inquisición de Logroño. Las investigaciones fueron creciendo y cada vez aparecían más personas acusadas de participar en aquelarres, hacer magia o relacionarse con el demonio.

En 1610 se celebró en Logroño un importante auto de fe, una ceremonia pública en la que se anunciaban las sentencias de la Inquisición.

Treinta y una personas fueron juzgadas por delitos relacionados con la brujería. Once recibieron una condena a la hoguera. Seis fueron ejecutadas y otras cinco, que ya habían muerto, fueron quemadas simbólicamente mediante figuras que las representaban.

Pero ¿qué pruebas existían?

Había confesiones, declaraciones y testimonios.

Un testimonio es el relato que una persona hace sobre algo que afirma haber visto, escuchado o vivido.

Y aquí aparece otra distinción importante: tener un testimonio no significa necesariamente tener una prueba.

Una persona puede estar convencida de que vio algo y, sin embargo, estar equivocada. También puede exagerarlo, interpretarlo incorrectamente o repetir algo que escuchó de otra persona. Incluso puede cambiar su relato dependiendo de cómo se le hagan las preguntas.


El inquisidor que empezó a dudar

Uno de los inquisidores que participó en el proceso fue Alonso de Salazar y Frías. Después del juicio, Salazar comenzó a dudar de muchas de las historias que había escuchado. Dudar no significa necesariamente pensar que algo es falso. Significa no estar completamente convencido de que sea verdadero.

Así que decidió investigar.

Durante meses recorrió diferentes lugares de Navarra y recopiló miles de testimonios. Pero esta vez intentó hacerlo sin amenazas ni torturas. Su objetivo era comprobar las historias.

Comprobar significa buscar información o pruebas que nos permitan saber si algo es realmente cierto. Y cuanto más investigaba, más problemas encontraba.

Los relatos no siempre coincidían. Algunas personas afirmaban haber estado en determinados lugares cuando había pruebas de que estaban en otros. Otras describían acontecimientos imposibles de verificar. Y algunos testimonios resultaban simplemente increíbles.


Un niño que vio volar a las brujas

Uno de los ejemplos más curiosos nos lleva a Olague, otro pequeño pueblo de Navarra. Según un testimonio de la época, algunas personas del pueblo montaban en cabras y volaban hasta Pamplona para encontrarse con otras brujas y brujos.

La historia sería sorprendente por sí sola.

Pero hay un pequeño detalle. El testigo tenía cinco años. Esto no significa necesariamente que el niño estuviera mintiendo.

Mentir implica decir algo falso sabiendo que es falso.

Pero podemos contar algo falso y creer sinceramente que es verdad. Podemos confundir un recuerdo, interpretar mal algo que vimos, incorporar a nuestros recuerdos algo que otra persona nos contó o simplemente estar convencidos de algo que nunca ocurrió.

Por eso existe una diferencia importante entre estas dos frases:

El niño mintió.

El niño contó algo que probablemente no había ocurrido.

La primera habla de la intención del niño. La segunda habla de la veracidad de la información.

Y no son lo mismo.


Rumores, habladurías y bulos

Finalmente, las investigaciones de Salazar ayudaron a cambiar la manera en que la Inquisición española trataba este tipo de acusaciones. Las nuevas instrucciones exigieron mucha más cautela antes de aceptar las denuncias de brujería.

En otras palabras, ya no era suficiente con las habladurías.

Una habladuría es un comentario sobre otras personas que circula sin que necesariamente sepamos si es verdadero.

También podemos hablar de un rumor, una información que circula entre personas pero que todavía no ha sido confirmada.

Y actualmente utilizamos mucho otra palabra: bulo.

Un bulo es una información falsa que se difunde haciendo creer que es verdadera.

Las tres palabras están relacionadas, pero no significan exactamente lo mismo.

Un rumor puede ser verdadero o falso.

Una habladuría suele estar relacionada con comentarios sobre otras personas.

Un bulo es falso y se presenta como si fuera verdadero.

Por eso no todas las informaciones dudosas son necesariamente bulos.


Lo que sabemos, lo que creemos y lo que suponemos

Nunca podremos saber exactamente qué ocurrió en todas aquellas reuniones de hace más de cuatrocientos años. Podemos conocer documentos, declaraciones y sentencias, podemos reconstruir parte de los acontecimientos y podemos estudiar las costumbres de la región.

Pero también tenemos que reconocer los límites de lo que sabemos. Quizá esa sea una de las cosas más interesantes de la historia de Zugarramurdi. Nos obliga a distinguir entre diferentes maneras de relacionarnos con la información.

Sabemos algo cuando tenemos información suficientemente segura.

Creemos algo cuando lo consideramos verdadero, aunque podemos no tener pruebas.

Suponemos algo cuando pensamos que probablemente sea de determinada manera.

Sospechamos cuando creemos que algo puede estar ocurriendo a partir de algunos indicios.

Dudamos cuando no estamos seguros.

Afirmamos cuando presentamos algo como verdadero.

Negamos cuando decimos que algo no es verdad.

Y comprobamos cuando buscamos evidencias para saber si realmente lo es.

Estas diferencias parecen pequeñas, pero cambian completamente lo que estamos diciendo.

No es lo mismo decir:

Había brujas en Zugarramurdi.

que:

Se decía que había brujas en Zugarramurdi.

Tampoco es lo mismo:

Los vecinos las vieron.

que:

Algunos vecinos afirmaron haberlas visto.

Y mucho menos:

El niño mintió.

que:

El testimonio del niño no pudo comprobarse.

En todos estos casos estamos hablando de la misma historia. Lo que cambia es nuestra posición frente a la información.


¿Qué pasó realmente en Zugarramurdi?

Sabemos que hubo personas acusadas de brujería. Sabemos que hubo confesiones y testimonios. Sabemos que algunas personas fueron condenadas y ejecutadas. Y sabemos que uno de los propios inquisidores terminó cuestionando muchas de las acusaciones después de intentar comprobarlas.

Lo que no sabemos con certeza es qué hacían realmente las personas que se reunían en aquella zona ni cuánto había de tradiciones locales, superstición, miedo, imaginación o rumores.

Tal vez por eso la historia de Zugarramurdi sigue siendo interesante cuatro siglos después. No solamente porque habla de brujas. También porque nos muestra lo fácil que puede ser pasar de «dicen que...» a «es verdad».

Y lo importante que puede ser detenernos, dudar y preguntar:

¿Cómo lo sabemos?


Sigue practicando español en el Club de Conversación

En el Club de Conversación usamos historias como la de Zugarramurdi para descubrir nuevas palabras, expresiones y formas de hablar sobre un tema desde diferentes perspectivas.

Cada mes trabajamos con nuevos temas relacionados con la cultura, la historia y las variedades del español. El objetivo no es solamente aprender sobre ellos, sino usarlos como punto de partida para conversar, ampliar tu vocabulario y expresarte cada vez con más precisión y naturalidad.

El calendario de octubre ya está disponible. Puedes elegir las sesiones que más te interesen y seguir practicando español con nosotros.

Ver las próximas sesiones del Club de Conversación →

Next
Next

Mae: cuando una palabra cambia de significado